El sacerdote al ver que era un mensaje salió de inmediato del templo bajando los escalones y al salir, alzando los brazos gritó con todas sus fuerzas que la guerra había concluido. Los habitantes se unieron a él, repitiendo el mensaje a voces en todos los dominios de los señores de Atitlán.
Cuando cayó la noche, el lago se llenó de luces, hicieron mercado, llegaron vendedores y se subieron a sus barcas, alumbradas como estrellas en aquella oscuridad. Era una noche tan alegre, donde comerciaban frutas, esmeraldas, perlas, polvo de oro, brazaletes de caña blanca, miel, especias y todo tipo de tesoros.
Los habitantes intercambiaban en el mercado el cacao como moneda, hubo música y bullicio. Desde los grandes pinos, los sacerdotes vigilaban el volcán, observando que éste estaba cubierto de nubes, anuncio de paz y seguridad del Lugar Florido.
Las madres gritaban con los ojos llorosos ¡Allí veo a mi hijo, allí, allí, en esa fila!, mientras los tambores y flautas sonaban. El lugar estaba muy adornado con flores, se podía observar a los pájaros, colmenas, plumas, oro y piedras caras para recibir a los guerreros que regresaban a casa.
Todo parecía estar bien, pues la noche era perfecta ya que desde hace mucho tiempo los habitantes no habían sentido de nuevo la paz y tranquilidad que prevalecía en las calles hasta esa noche. Sin embargo, en medio de la fiesta y de la celebración, el volcán rasgó las nubes, alertando que un poderoso ejército iba en marcha hacia la ciudad. Apenas se lograba distinguir como los hombres blancos avanzaban entre la neblina, confundidos por fantasmas pero las armas en sus manos se encendían como centellas.
La batalla se entabló entre los maizales, la cual duró varias horas. Las tribus se dividieron, teniendo como resultado un grupo que se preparaba para la defensa del muro, mientras que la otra parte huía por el lago con el tesoro del Lugar Florido.
Las faldas del volcán fueron fijadas como un objetivo para esconder el tesoro, así que se dirigieron en barcas hacia él y de inmediato enterraron su tesoro. Tras los ataques de los invasores, quienes también se transportaban en barcas, las tribus trataron de huir de los disparos, dejando abandonado el tesoro (perlas, diamantes, esmeraldas, ópalos, rubíes, oro en tejuelos, en polvo, trabajado y muchas más joyas distintas).
Los invasores, al observar como los habitantes abandonaron el tesoro, ya habían fijado aquel botín disputando entre ellos la mejor parte para cada uno. Sin embargo, a mitad de la disputa, el «Abuelo de Agua» (el volcán) detuvo el escándalo con su respiración, sin embargo, no los detuvo e intentaron nuevamente apoderarse de dicho tesoro.
De los cielos se veía como un chorro de fuego les barrió el camino, proviniendo del enorme volcán. Ante la vista de las selvas, ríos, rocas, llamas, cenizas y lava que el volcán les arrojó, se quedaron petrificados y espantados, provocando la sepultura de aquel preciado tesoro de las tribus.




