El hombre desconocido le preguntó si los dulces le habían gustado, pues le dijo que si le apetecían más le podría regalar más, pero los tenía en su casa la cual quedaba a una cuadra del parque donde se ubicaban. Al principio dudó un poco en acompañar al desconocido, pero su mente infantil no dio lugar a la desconfianza ya que no creía que alguien que regalara dulces pudiera ser una mala persona.
Algunos testigos afirman haber visto a Gerardito alejarse del parque en compañía de un hombre desconocido que cojeaba, se dirigían hacia una casa muy sospechosa de madera que quedaba en la cuarta calle, entre quince y dieciséis avenida de la zona tres. El sujeto caminaba recostado sobre los hombros de Gerardito y en el otro brazo llevaba la bicicleta roja. Hay quienes dicen que en el rostro de Gerardito mostraba terror y confusión pues éste estaba pálido pero hay otros quienes lo veían contento y parecía como si conocía a su acompañante.
Al llegar a la casa, el niño pudo apreciar que era de dos niveles y las paredes exteriores eran de color «azul bandera», al entrar el sujeto extraño le ordenó subir las escaleras y le comentó que en un cuarto de arriba estarían todos los dulces y que tenía su permiso para comer y saborear todos los que él quisiera. Gerardito no sospechaba nada raro así que le obedeció y subió de inmediato, pero al ver que no había nada más que polvo y un catre sintió inquietud y se sintió decepcionado, por lo que se volteó para preguntarle donde estaban los dulces de los que tanto hablaba.
El hombre lo tomó del cuello y lo llevó a la fuerza hacia el lecho del catre, de lo que sucedió después se conocen dos versiones. En una de ellas se dice que el hombre quiso abusar de Gerardito, pero en la otra se cuenta que solo lo quería matar. El pequeño nunca había sentido tanto terror como en esa ocasión pues el asesino tomó un machete oxidado y le acertó un fuerte golpe en la cabeza. El objetivo era matarlo de un solo golpe sin embargo el pobre Gerardito ni siquiera quedó inconsciente y mientras más golpes recibía más fuerte gritaba pidiendo ayuda.
Gerardito se sentía al borde de la muerte y los minutos los sentía como si fuesen horas, quedando indefenso ante el aterrador asesino solo le quedaba gritar por ayuda pero él gritaba «antes morir que pecar» lo cual era una frase que había aprendido en las clases de catecismo. No se sabe cuánto tiempo duró su agonía, pero por suerte escucharon sus gritos y de inmediato entraron al recinto logrando encontrar aún con vida al pequeño Gerardito quien seguía repitiendo con voz inapreciable «antes morir que pecar».
La gente envolvió la cabeza del niño con su mismo suéter verde y junto con la bicicleta roja lo sacaron a la vía pública, algunos dicen que fue un acto de caridad humana para que el niño se fuera lo más pronto posible al cielo. En ese momento Gerardito falleció, pues no pudo soportar la golpiza que injustamente le habían dado. Varios testigos aseguraban que murió tranquilamente luego que el cura del Liceo llegó a darle los santos óleos.
Con respecto al asesino hay varias versiones en las que dicen que atraparon al asesino y lo fusilaron pero hay quienes dicen que éste escapó sin ninguna sentencia. Por esa razón se asegura que la familia Botrán se fue de Xela para ya no volver nunca.




