Aquí da inicio la historia de Las lágrimas del Sombrerón, del escritor guatemalteco Francisco Morales Santos:
¡sí, tan grandes sus ojos!
¡y qué pelo el que tiene!
¡tan grande y ondulado!
Las mulas llevaban cargas de carbón sobre sus lomos. La gente no les dio mucha importancia, salvo porque ya era tarde.
«¡Qué raro! ¿No serán las mulas del Sombrerón?» Comentó una mujer medio en serio, medio en broma.
«¡Dios nos libre, ni lo diga, chula!» Le respondió otra al pasar.
Celina estaba muy cansada después de haber trabajado todo el día; el sueño comenzaba. Entonces oyó una música muy linda: era la voz de alguien que cantaba acompañándose con la guitarra…
¿Qué música? Lo que pasa es que te esta venciendo el sueño.
¡No, mamá!, ¡oiga qué belleza!

Pero la tortillera no alcanzaba a oír ninguna música: “Lo mejor es que te acuestes, mi niña”.
Celina se acostó, pero no podía dormir; seguía oyendo aquella melodía tan encantadora. Hasta sus oídos llego claramente la voz cantarina que decía:
como la flor de limón,
si no me das tu palabra
me moriré de pasión…
A las once de la noche, las mulas carboneras ya no estaban amarradas al poste de la luz eléctrica.
Noche a noche se repitió aquella escena. Lo único que la gente notaba era que ahí estaban las mulas con su carga de carbón, atada al poste.
Celina, en cambio, se deleitaba con las canciones que escuchaba; la encantadora voz la tenía hipnotizada.

Movida por una intensa curiosidad, a escindidas de su mamá, Celina salió a espiar en la oscuridad y se llevó una gran sorpresa: ¡era un hombrecito que hubiera cabido en la palma de su mano! Tenía un gran sombrero que casi lo tapaba todo; apenas si salían debajo del ala, sus zapatitos de charol y sus espuelas de plata. Mientras cantaba y bailaba tocando su guitarra de nácar, enamoraba a la niña:
camina de dos en dos
así camina mis ojos
cuando voy detrás de vos…
¡Celina ya no pudo dejar de pensar en el hombrecito! Se pasaba cada día, esperando que llagara la noche, para verlo y oír sus canciones tan lindas. Su mama se dio cuenta de que algo raro le estaba pasando a la niña:
Qué te pasa, hijita –le decía- ¡estás muy pensativa!
Pero Celina no podía explicar sus delicados sentimientos. Simplemente deseaba escuchar esa música; quería ver una vez más al pequeño bailarín que la deleitaba tanto cantándole cosas bonitas. Cuando él la visitaba todo le parecía más hermoso.
Las madres tienen una sabiduría especial que les permite comprender los sentimientos de sus hijos. La tortillera comprendió lo que estaba sucediendo y decidió consultarles el problema a dos o tres vecinos de confianza. Después de escucharla, todos llegaron a la misma conclusión.
¡Celina estaba enamorada del Sombrerón! Además, los vecinos le dieron consejos a la tortillera.
Siguiendo esos consejos, ella decidió llevar a Celina lejos de su casa y la encerró en una iglesia para que ya no viera más al Sombrerón. La gente piensa que los fantasmas no pueden contra Dios.
Al día siguiente, el hombrecito llegó al callejón del Carrocero, pero no encontró a la niña. Entonces se puso como loco y comenzó a buscarla por toda la ciudad.

Sus mulas no volvieron a aparecer amarradas en el poste de la esquina. La tortillera y los vecinos creyeron que ya había resultado el problema, pero Celina no pensaba lo mismo: en el silencio de su encierro, en vez del olvidar a su pequeño amigo, lo recordaba más y más; le hacían falta sus bellas canciones y sus palabras de amor. La niña enfermó de la tristeza, cada día empeoraba de salud hasta que murió. En medio de su pena, la tortillera decidió llevar el cuerpo de su hija al callejón del Carrocero, para velarlo con los vecinos.
Estaban todos muy tristes, reunidos en la casa de la tortillera, cuando escucharon un llanto desgarrador: ¡era el Sombrerón que venía, arrasando sus mulas! Se detuvo junto al poste de la esquina y comenzó a cantar:
ramo de limón florido
¿por qué dejas en el olvido
a quién te ha querido tanto?
Los vecinos estaban muy asustados; nadie se atrevía a moverse de su silla. El Sombrerón volvió a cantar.
mañana cuando te cayas
voy a salir al camino
para llenar su pañuelo
de lagrimas y suspiros…
Nadie supo a qué hora se fue el Sombrerón. Su voz se fue alejando lentamente, hasta que se perdió en la noche oscura. A la mañana siguiente, cuando los dolientes tuvieron valor para salir de la casa de la tortillera, se quedaron maravillados: ¡había un reguero de lágrimas cristalizadas, como goterones brillantes, sobre las piedras de la calle!
Autor:
Francisco Morales Santos. Si desea conocer la biografía de este personaje, haga click aquí.
Fuente:
-literaturaguatemalteca.org




