El Sombreron y las mulas del Zapote

por | 17 Nov, 17 | Leyendas | 0 Comentarios

Cuando el Sombrerón llegó a la Finca el Zapote a principios del siglo XX y empezó a agotar a los animales, un ingenioso mulero ideó un plan para expulsarlo para siempre de la finca...

Cuentan que cuando la Finca El Zapote de la ciudad de Guatemala iniciaba en la elaboración de cerveza, los barriles eran transportados en carretas jaladas por mulas. Al terminar el día las mulas descansaban en establos dentro de la finca. Sebastián Castillo era el nombre del encargado de cuidarlas, él dormía cerca del establo y estaba pendiente de lo que ocurría con las bestias.

Una noche cuando terminaban de trabajar y ya estando las mulas en el establo, Sebastián decidió descansar. A las pocas horas de haber conciliado el sueño, un alboroto dentro del establo lo despertó, por lo que tomó su lámpara de aceite y su escopeta y caminó hasta el establo. Al entrar encontró a las mulas embravecidas y muy agitadas, con espuma saliendo de sus hocicos.

Sorprendido y asustado, Sebastián comenzó a buscar entre las bestias el motivo de tal alboroto, pero no encontró nada. Cuando los animales se calmaron un poco decidió ir a descansar nuevamente, pero el relajo continuó toda la madrugada.

Al siguiente día, Sebastián se levantó con esa espinita dentro de él. Quería saber que era lo que había pasado la noche anterior con las bestias, pero decidió no prestarle mucha importancia y se dirigió al establo a sacar a las mulas para un nuevo día de labores. Al abrir las puertas del establo encontró a las mulas con las crines trenzadas, pequeñas y muy bien elaboradas.

Desde ese día las mulas empezaron a rendir menos en su trabajo, caminaban muy despacio y algunas se pusieron muy enfermas. Por esta razón los muleros empezaron a azotarlas para así obligarlas a trabajar y a que caminaran más rápido, sin saber que los animales estaban cansados porque alguien las estaba desvelando todas las noches.

Sin saber qué más hacer y decidido a ponerle fin a las molestias de la noche, Sebastián le contó lo que estaba pasando a Enrique y a César, dos de los muleros. Les propuso que se quedaran a velar con él esa noche para ver si podían descubrir qué era lo que estaba pasando. Los dos muleros aceptaron y se entretuvieron jugando naipe afuera del establo, cuando de repente justo a la media noche los perros empezaron a ladrar y las gallinas a cacarear. Se escuchó el sonido del viento silbando y moviendo las hojas de los árboles acompañado de un frío escalofriante, y el escándalo inició de nuevo dentro del establo.

Se acercaron al establo con precaución y con un poco de miedo se prepararon para entrar sin saber lo que iban a encontrar allí dentro. Al abrir las puertas, pegaron un grito al ver a un pequeño hombrecito subido en el lomo de una de las mulas. Era bigotudo, moreno y vestía de negro con un enorme sombrero. ¡Se trataba del legendario Sombrerón! Cuando el Sombrerón los vio, jaló instintivamente las riendas a una de las mulas e hizo que se parara en dos patas. Los 3 muleros intentaron atrapar al pequeño hombrecito, pero éste al ver cuáles eran sus intenciones se hizo invisible y escapó.

Después de esto, los muleros y Sebastián estuvieron haciendo planes sobre cómo evitar que el Sombrerón siguiera agotando a las mulas por las noches. Pasaron todo el resto de la noche y el día siguiente hasta que al fin dieron con una posible solución: fueron a encerrar a las mulas a otro establo y en su lugar pusieron caballos hechos de madera que les había alquilado un artesano del centro de la ciudad.

Esa noche, estaban jugando naipe nuevamente en el mismo lugar cuando empezaron a escuchar ruido dentro del establo. Entraron a ver y encontraron nuevamente al Sombrerón subido sobre uno de los caballos de madera, intentando trenzarle las crines. Al verse descubierto, jaló las riendas como la noche anterior, pero esta vez cayó al suelo con todo y el caballo de madera. Sebastián y los otros empezaron a reír al verlo en el suelo.

El Sombrerón al ver que estaba rodeado de figuras de madera, se echó a correr y jamás volvió a acercarse a esa finca.

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