
¡Aquella noche Manuelita, dicen las malas lenguas, no durmió muy bien que digamos…!
Uno tras otro, en lenta sucesión, han ido pasando los meses desde que aquella noche en que El Sombrerón se detuvo frente a la pobre casucha que esta situada cerca de la Ceiba de La Parroquia Vieja…
La Ermita del Carmen
Son las siete de la mañana y nos encontramos en la casa conventual de la Ermita del Carmen, situada sobre el cerrito del mismo nombre y que fue fundada allá por los años de 1620, por el ermitaño -genovés- Juan Corz. El señor cura, el padre Miguel, quítase ayudado por en monaguillo, los ornamentos con los que ha celebrado el sacrificio de la Misa. Un gallo, clarín mañanero, canta. Hasta la sacristía, lugar de la escena, llega un suave aroma de chocolate hervido en batidor de barro…El datilero del patio conventual, ese mismo que vemos hoy día y que ha sido testigo mudo de toda la historia de Santiago de los Caballeros, abanica los murallones de La Ermita, que esa mañana deben sentir también el calor de este día estival… Hay una calma, calma que sólo reina en los conventos, que de pronto es turbada por un recio aldabonazo dado en la puerta, cuyo ruido llega hasta la propia sacristía.

-¿Quién llama?- pregunta la litúrgica y gangosa voz del padre Miguel.
-Ave maría purísima… (Sin pecado concebida, responden a coro cura y monaguillo). Soy yo, padrecito, Candelaria, la lavandera del barrio de La Parroquia Vieja, que desea le escuche dos palabras… Muy buenos días le dé Dios a su merced…
-Entra, hija, entra… ¿Qué es lo que te pasa?
-Padrecito Miguel -gimotea la mujer, que se postra de hinojos y le besa la sotana y los ornamentos- si no fuera que usté es tan santo no me habria atrevido a llegar hasta aquí. Solo vuestra merced puede salvar a Manuelita, m’hija mayor. Usté la conoce. Es la misma que cristianó hace veinte años.
-¿Qué le pasa a Manuelita, hija, cuenta, qué le pasa?
-¡Ah, señor cura!, El Sombrerón me la tiene chiflada. Ya no es la mesma de antes. Por las noches obscuras, cuando oye el ruido de los taconcitos del Sombrerón, sale al patio y se esta horas d’ihoras platicando con él bajo la higuera, hasta bien entrada la noche. Ya ni trabaja, padre. Está tan flaca y pálida como si tuviera el paludis. Sálvela, padrecito, que tengo miedo de que llegue a dar un mal paso y sea yo abuela de un hijo del cachudo…
-Bien, hija, bien. Yo la salvaré. Tráela mañana de alba, y sin que nadie se entere, al convento; le echaré los exorcismos, le leeré los evangelios, el de San Marcos principalmente, y quedará como si nada le hubiera pasado. Pero como nuestro Señor dijo: «Ayúdate que yo te ayudaré», sigue este consejo: cambiate de casa y vete a vivir a un lugar opuesto al en que ahora vives. Al Guarda Viejo, por ejemplo. Si te vas allí yo mismo te recomendaré a fray Jenaro, para que te ayude en algo. Pero eso sí, cuando te cambies, no digas nada a nadie; llévate tus cosas poco a poco; hoy un mueble mañana el otro; y así, hasta que te hayas llevado todo; y ahora, vete con Dios, y hasta mañana. In Nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti. Amén.
Nos encontramos en la noche del día en que Manuelita y su madre se han llevado a su nueva cas el último trebejo. La obscuridad se ha adueñado del ambiente. Apenas alcanza a verse la llama tenue de una vela de sebo, que, entre la vida y la muerte, se haya en una palmatoria de cobre.
Son la ocho de la noche, la hora de las ánimas, y hay un silencio tan grande que nos sería permitido escuchar el aliento de un agonizante.
-Nana -dice, rompiendo la quietud de la noche, la voz de Manuelita- parece que lo trajimos todo; se me imagina que El Sombrerón ya se olvidó de mí y no se ha dado cuenta de a donde nos cambiamos; pero… (Contando los trebejos), se nos olvido traer la tinajona donde hacemos el fresco de súchiles…
-De veras, m’ihija; pero no te preocupes, mañana la traeremos…
Un nuevo silencio…, después un suave grito…, y luego una voz aguda y meliflua que llega desde la oscuridad del inmenso y anchuroso patio:
-No se preocupen sus mercedes por tan poca cosa, porque esa me la truje yo…
Tras haber escuchado estas palabras, se sintió también un cadencioso y rítmico taconeo, viéndose aparecer de abajo de la tinaja, que medía más o menos un metro, la diminuta figura del Sombrerón, que es galante, enamorado, seductor empedernido y que sabe entrar a las casas sin abrir las puertas…




