Floro un Fantasma que se divierte

por | 9 Sep, 05 | Fantasmas | 0 Comentarios

Floro pertenecía a la pequeña corte de un no muy destacado virrey criollo.

Floro pertenecía a la pequeña corte de un no muy destacado virrey criollo.
Sucedió que en una ocasión, en que todos los cortesanos celebraban una fiesta en honor a este virrey, en medio de la pompa y la elegancia de la reunión, Floro Fuentes había sido designado para dirigir un discurso al virrey. Cuando Floro cruzó el gran salón relucientemente encerado para subir junto al virrey, sus tacones patinaron por el suelo, describiendo grandes media vueltas y balanceos vertiginosos hasta que finalmente cayó estrepitosamente en el piso con un sonoro golpe que estallo al unísono con las carcajadas de todos los presentes. La furia de Floro se reflejo en el color rojo de su rostro rechoncho, viendo impotente que esto solo alentaba más las risas desternilladas y las burlas de cuantos le señalaban.

Pero su rostro quedó lívido cuando el virrey descendió desde su balcón hasta donde él se encontraba, y tomándolo por el hombro, casi con ternura, con el rostro congestionado de la risa y unas gruesas lágrimas que le escurrían por las mejillas, le dijo:

¡Amigo mío, que gran talento posee usted desde hoy lo nombro mi bufón real!.

Aceptó servilmente, sin atreverse a darse su lugar de buen cortesano. Y desde aquel día, Floro se convirtió en un desventurado payaso al que el virrey gozaba poniéndolo a bailar sobre tabletas enjabonadas, tablados peligrosamente encerados o sobre manotadas de bolitas de cristal, y Floro servil y resignado, yaciendo en el piso con el cuerpo hecho polvo entre magulladuras y protuberancias, hacía gala de su más grande y estúpida sonrisa.

Pero si su despreciable espíritu soportaba tales humillaciones, su cuerpo se resentía profundamente, y una noche, en medio de una vistosa cena cuando llevaba a cabo su triste número, quiso el destino que mientras aquel desdichado pugnaba por conservar el equilibrio, sosteniendo un paraguas de dama en una mano y en la otra una fuentecilla de tres vistosas copas de vino estando de pie sobre un balón, una ráfaga de viento nocturno arrastró a Floro como a una hoja e hinchó al paraguas como a la vela de un barco sobrevolando a los comensales hasta quedar fuera del balcón, donde el viento se detuvo de repente y ya solo quedó una masa fracturada de huesos y carne.

Desde entonces el espíritu de Floro habita esta casa, y se complace en burlarse de quienes la visitan, cambiándoles las cosas de lugar, empujando a las personas, arrojándoles objetos o poniéndoles trampas en medio del eco lejano se sus carcajadas.