Una Pesadilla

por | 11 Nov, 07 | Relatos | 0 Comentarios

La historia no se como comienza porque al despertarme se me iban los recuerdos del sueño como si al abrir los ojos...

 poder recuperarlo, por lo menos no conscientemente.

Estaba en un lugar que no recuerdo claramente, pero debía de ser una exposición de cuadros y estaba rodeado de gente en una de esas visitas guiadas; me detuve observando un cuadro, mientras el resto del grupo proseguía la visita, parecía de estilo impresionista y constaba de un paisaje que vagamente recuerdo, en el cual había flores, de eso si estoy seguro, flores pintadas a pequeñas pinceladas, casi puntos de colores, cuyo centro era negro y parecían moverse al son de una musical brisa; al intentar acercarme para poder observarlas mejor, una extraña sensación de miedo y pánico empezó a retorcerse dentro de mí; el cuadro comenzó a tridimensionalizarse de manera vertiginosa, mientras mi incredulidad me anclaba los pies y mi voluntad; y como si el cuadro intentara absorberme dentro de su pastosa pintura, el óleo empezaba a rodearme en una vorágine de colores y uno de los puntos negros de las flores, como si de un oscuro pozo se tratase, cada vez más grande tragándose primero el paisaje del cuadro que me rodeaba, y luego el propio marco y finalmente a mí.

Sin saber como, aparecí en mitad una conocida calle de mi barrio; la cual empieza al pie de un monte de aspecto tetraédrico; de noche, una noche densa sin estrellas de aire denso casi palpable; no sabría describir como era la sensación de respirar aquel ambiente pero espeso como si hubiera tanta humedad que te cuesta respirar hondamente, y esa incapacidad de respirar profundamente solo me generaba mas nerviosismo hasta el punto de sentirme aturdido. Mientras en la calle antes mencionada, las farolas estaban encendidas pero alumbraban menos de lo normal, en vez de esa luz anaranjada, desprendían una pálida luz blanca y tétrica, pero lo más extraño fue que las ventanas de las casas, todas las casas, estaban abiertas con persianas subidas y luces apagadas; de las cuales se empieza a oír risas de locura estridente, lamentos agónicos que acababan en guturales ecos de lo que posiblemente antes fueran voces humanas; de repente arriba del todo de la calle las farolas empezaron a apagarse, de una forma armónica, primero parpadeaba tres veces y se apagaba y así desde la primera iba avanzando por al segunda la tercera, y aunque el terror que me invadía convertía mis piernas en un lastre de plomo inamovible yo intentaba huir instintivamente en la otra dirección; la plena oscuridad me iba ganando terreno, y las risas como si tuvieran conocimiento de la situación parecían regocijarse con mi angustia y cuando el rítmico apagado de luces estaba apunto de alcanzarme; me detuve rendido, desesperado, falto de aire y esperando un devenir con el alma rota de pánico; hasta que se hizo la oscuridad más absoluta…

Sudando me desperté, y aunque no tarde en recuperar el aliento; no volví a dormir tranquilo en semanas; todavía aun cuando paso por aquella calle, aunque brille el sol en lo alto de un cielo despejado, la intranquilidad me invade incluso me parecen oír risas a mis espaldas y al darme la vuelta solo veo la calle que desciende del monte de cima plana con sus casas que parecen mirarme desde sus ventanas.

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