Mi encuentro con el Cadejo

por | 9 May, 17 | Relatos | 0 Comentarios

Lo que estoy por relatar es totalmente cierto y me sucedió cuando tenía solo 12 años, durante un viaje con mi familia a Cobán, en el que me encontré cara a cara con el Cadejo.

Cuidado: la siguiente historia puede ocasionarte pesadillas o problemas para dormir. Estás advertido.

Me gustaría decirles el nombre del hotel para que no se hospeden ahí si tienen problemas cardíacos. O bien, para que los amantes de lo oculto experimenten en carne propia los escalofriantes sucesos que estoy por relatarles.

¿Sucesos reales o imaginación de niño? No lo sé y quizás nunca lo sepa. Pero para mi fue tan real que aún se me pone la piel de gallina al escribir esta historia.

Tenía solo 12 años y con mi familia fuimos de turistas a Cobán. Qué fuimos a conocer… no lo recuerdo. Lo único que recuerdo de ese viaje es la noche espantosa en la que un calor asfixiante me despertó, para encontrarme con la más espantosa criatura que he visto en mi vida.

Aquél sábado de noviembre de 1987 había llovido la mayor parte del día, lo cual, junto a los tradicionales vientos de fin de año, llevaron al termómetro a unos 13 grados a la hora de acostarnos en un pequeño hotel en la ciudad de Cobán, al norte de Guatemala. Aunque a mí siempre me ha gustado el frío y he sido resistente a las bajas temperaturas, mi mamá insistió en que me pusiera un sudadero, pues el frío se haría más sensible durante la madrugada.

El cuarto del hotel era bastante cómodo, estaba ubicado en el primer nivel y tenía unos 25 metros cuadrados. Al entrar, un baño con regadera quedaba a la izquierda y formaba un pequeño corredor que luego se ampliaba al área principal, con 2 camas matrimoniales colocadas paralelamente, con las cabeceras dando hacia la pared posterior del cuarto. Entre ambas camas, una pequeña mesita de noche con una sola lámpara. Por encima de las camas, un ventanal que daba a alguna calle o avenida de Cobán. No se podía ver la calle, porque el vidrio era opaco. Lo único que se apreciaba eran las sombras de los barrotes de la ventana.

En la cama de la izquierda, dormirían mis papás y en la de la derecha, mi hermanita de 9 años y yo. Las camas tenían gruesos ponchos para proteger a los huéspedes del frío estacional. Yo, como era mi costumbre, preferí no taparme con el poncho sino acostarme sobre él, ya que adoraba el frío y tener que dormir junto a mi hermana implicaría aguantar el calor que su cuerpo pudiera emanar. Luego de orar y del besito de buenas noches, mi papá apagó las luces del cuarto, dando inicio los eventos sobrenaturales más escalofriantes de mi vida. Serían aproximadamente las 20h00.

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