Lázaro: muerte y resurrección

por | 30 Nov, 07 | Relatos | 0 Comentarios

Estaba sentado junto a papá cuando el payaso resbaló de la cuerda floja y cayó súbitamente contra el suelo, cerca del estanque. El crujir de los huesos, el grito desgarrador que lanzó...

Estaba sentado junto a papá cuando el payaso resbaló de la cuerda floja y cayó súbitamente contra el suelo, cerca del estanque. El crujir de los huesos, el grito desgarrador que lanzó, más el charco escarlata que brotó del piso alrededor de su cabeza notablemente ladeada, me hizo estremecer.

El silencio de millares de personas fue rasgado por el sonido de una sirena. Miles de niños y padres observaron como los paramédicos retiraban el quebrantado cuerpo de Vulgar, el payaso, del centro de la arena. Lo que alguna vez inspiró alegría y calidez, ahora se veía opacado por los vidrios polarizados de una moderna ambulancia privada.

– Levántate – dijo el mago. Vulgar, el payaso, tenía que ponerse en pie, pero no lo hizo – dale infeliz, me estás haciendo quedar mal – le susurró, mientras sonreía al público con una mueca – los estás asustando, idiota. Centenares de familias habían pagado una fortuna para ver a Vulgar saltar desde 22 metros de altura hacia un estanque con agua. Había colchonetas especiales ocultas bajo la arena, por si el truco fallaba, pero alguien había olvidado verificar que todas las cosas estuviesen en su lugar antes del show.

El encargado había enfermado.
– Manuel tiene gripe, está en casa, jefe – dijo el cobrador de la entrada al perturbado mago, mediante los intercomunicadores que traían ocultos en el oído.
– ¿Y quién carajo revisó las colchonetas? – preguntó, a regañadientes.
– No lo sé. Nadie.
– ¡Nadie! – soltó el mago en un gruñido exasperado. Una cólera intermitente, entrelazada de desesperación le revolvió el estómago. Quiso gritar, pero se contuvo.
– Tranquilo, jefe, debe estar jugando.
– ¿Jugando? ¡Se le ve el hueso, por Dios Santo! – respondió aterrado.
– Nunca ha trabajado con él, ¿verdad?
– No, nunca. Es mi primera vez… ¡y la última, si no se levanta y camina!
Vulgar; conjunción entre vulgar y juglar y nombre del payaso más controvertido de los últimos tiempos. Los críticos destacaron la veracidad y la \’\’brutal\’\’ extremidad de sus actos como la nueva diversión pos-modernista. \’\’Vulgar: ¿atrevido escapista o simple atracción comercial?\’\’, rezaba el título de la crítica, y entre párrafos, subrayadas alusiones positivas de todo tipo hacia las rutinas del discutido personaje. \’\’Quedarse en casa sería un suicidio\’\’, o, \’\’Maliciosamente Suculento\’\’, versaban las más llamativas.
– Te sorprenderá – dijo el cobrador de entradas.
– No te preocupes, ya lo hizo… ¡está muerto!, ¡el maldito payaso está muerto, José! – El mago, penetrado por una palpitante sensación, se acercó al cuerpo contorsionado a sus pies y le tocó la garganta – no respira, José – no había pulso bajo la capa de maquillaje blanco que cubría la piel de la laringe – ¡no respira!

Conmocionado, el mago lo dijo:
– ¡Lázaro, levántate y anda! – frase que pensó solo había sido una frivolidad del excéntrico payaso antes del show.
Cuando los paramédicos entraron en la cabina del conductor, las puertas traseras de la ambulancia se abrieron de par en par, y una leve explosión dio lugar a un espeso humo verde con hedor a azufre. Vulgar se levantó, bajó un pie, luego el otro, aferró ambas manos a los costados de la camilla y tembloroso sacudió la cabeza como si hubiese despertado de un sueño de un millón de años. Recuperó el equilibrio y se retiró de la camilla. Caminó hacia la puerta de su cubículo médico, con la cabeza gacha, en un lento y cauteloso andar. Se recostó contra el borde, vaciló un segundo y luego bajó por la escalerilla, con la misma tenacidad que posee un anciano de 80 años al levantarse en las mañanas.

Con paso moribundo se dirigió hacia el mago, sin levantar la vista, ni mirar al público que lo observaba atónito con miradas de fogoso asombro. Arrastró el peso de todo su cuerpo sobre una sola pierna. El hueso que sobresalía de su rodilla izquierda vibraba y crujía a cada paso que Vulgar daba, causándole al mago una punzante sensación de asco.

Vulgar llegó donde el mago y se detuvo a su costado. Éste se irguió perfectamente y le palmeó la espalda, rígida y fría como la de una gárgola de piedra. Con las manos le cerró la boca abierta de asombro desde que lo había visto levantarse del catre. Le dio un golpe de complicidad en el mentón con el puño cerrado, como diciendo: \’\’ya está, ya pasó, relájate\’\’. El payaso ensangrentado le quitó el sombrero de copa y se lo colocó en la calva pintada. Se quitó la sangre y la tierra seca de la cara con la manga, y se dirigió, sonriente, al público. Imitando al mago, alzó los brazos en el aire formando una V y gritó:

– ¡Vulgar, el payaso, damas y caballeros!

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