Pachuté es una pequeña aldea de unos 2,500 habitantes en el municipio de San Carlos Sija, Quetzaltenango. La cabecera municipal, San Carlos Sija, queda a tan solo 5 kilómetros del centro de la aldea, pero para llegar es necesario recorrer un camino de terracería que es bordeado en gran parte por el río Samalá, el mismo que se tiñó de sangre durante la batalla de la conquista entre Don Pedro de Alvarado y Tecún Umán.
La aldea es bastante tranquila la mayor parte del año, y los pobladores llevan una vida apacible entre sus siembras de maíz, trigo y cebada. El comercio entre las distintas aldeas y la cabecera nunca se interrumpe, y circulan de un lado al otro todo tipo de mercaderías, ganado y otros animales.
Pero entre el 1 de octubre y el 1 de noviembre, las cosas cambian. Octubre trae consigo días más cortos y a las 6:00 de la tarde ya está oscuro. Los pobladores cuentan que el camino entre Pachute y la siguiente aldea, Chuatuj -a 3 kilómetros de distancia- se pone muy peligroso. Al iniciar el recorrido, a un costado del camino, se encuentra el cementerio, lo que para muchos es motivo de nerviosismo. Los vientos que empiezan a soplar desde el norte se transforman en ruidos fantasmagóricos al frotar las ramas de los árboles, mientras que el escaso alumbrado público proyecta sombras demoníacas en el camino.
Todo esto, dicen, no es problema porque lo entienden. Pero lo que no entienden y espanta a la mayoría, son los ruidos de algo o alguien que parece chapotear desde el río Samalá, que por estas fechas está más cargado de costumbre por las lluvias de septiembre. En otras ocasiones escuchan un caballo relinchando desde el río.
Las personas se asoman al borde del camino para ver quién está en el agua. Pero tan pronto como se acercan, los ruidos cesan. Al continuar su camino, nuevamente escuchan los ruidos, y estos dejan de sonar al aproximarse a un puente.




