Hacían ya seis largos años desde la última vez que vi a mi buena amiga Margarita. Ella se había casado con su novio de toda la vida (Juan) y el día de su boda fue la última vez que cruzamos palabra de manera presencial. Después de eso solamente hablamos por teléfono y por mensajes.
Me ponía al tanto de su nueva vida. Su esposo la amaba mucho y eran muy felices. Yo era feliz por ambos. A ella la conocí desde la época de colegio y a él un par de años antes de su boda. Hacían una linda pareja y todo el mundo los amaba.
Al contraer matrimonio, decidieron mudarse hasta San Marcos, el pueblo originario de Juan. Muy cerca de la frontera con México. Y por esa razón me fue ya muy difícil volver a verlos. Ellos vivían en una casa propiedad de él, en la que su anciana madre.
Los primeros dos años fueron muy felices, viajaron alrededor del mundo y al volver quisieron tener hijos, pero nunca pudieron. Eso no los afectó y siguieron con su alegre vida, hasta una trágica noche en la que Juan volviendo a su pueblo se accidentó y perdió la vida.
Yo me encontraba en el extranjero y no pude asistir al funeral. Margarita, al encontrarse tan lejos de su familia -que al igual que ella era de la capital- se fue aislando cada vez más, y al preguntarle el por qué no volvía a su casa junto a su familia respondía que tenía el compromiso de cuidar hasta el día de su muerte a su suegra. Y así lo hizo, no volvió a su casa ni la abandonó, esperando lo inevitable…




