El tercer aullido

por | 27 Ago, 07 | Relatos | 0 Comentarios

En el instante en que se disponía a explorar el bolsillo izquierdo del pantalón para extraer las llaves y abrir la puerta de la cabaña...

La oscuridad se volvió total. Un silencio momentáneo lo rodeó por completo, hasta que el tintineo de las llaves se multiplicó mil veces y se hizo insoportable. Si de por sí ya era corto de vista, con la deslumbrante negrura no podía ver más allá de dos dedos de distancia. Abrió mucho los ojos para tratar de enfocar el orificio de la cerradura e introducir la llave correcta y darle vuelta libremente. Aunque no importaba si era la llave indicada o no, pues la cerradura estaba tan gastada que se abriría de todos modos, «como una mujer a la que se la han metido muchos hombres», pensó obscenamente, pero del que de inmediato se desdijo. Después de todo, ¿quién se atrevería a llegar hasta allí para robarse algo? Tuvo éxito después de dos intentos y entró finalmente. Pero ahí estaba aún más oscuro que afuera.

A pesar de que conocía al dedillo la distribución de los escasos muebles, tropezó varias veces al explorar a tientas la habitación para encontrar la lámpara de petróleo. Instintivamente, examinó sus bolsillos en espera de hallar una caja de cerillos, pero recordó que había dejado de fumar.

De nuevo, buscó la pared para guiarse, pero sólo tocó el aire. Perdió momentáneamente la orientación. Volvió sobre sus pasos y trató de recordar dónde estaba la estufa, tomando como referencia el pálido reflejo de la que pensó sería la ventana. Entonces escuchó un casi imperceptible ruido en el fondo de lo que ubicó como la sala. Las pupilas totalmente dilatadas no alcanzaban a registrar nada. Inseguro, considerándolo casi un insulto, preguntó: «¿Martha?». Dio un paso y sintió una protuberancia bajo la suela del zapato, como si de repente se hubiera levantado el piso, al tiempo que tronó en sus oídos un aullido tan desgarrador y prolongado que debió escucharse hasta la costa. El dolor y la luz que llegó en ese momento se volvieron cegadores.

Todo se sucedió a un tiempo: Mientras se vendaba el pie, previamente desinfectado, recordaba la sucesión de los hechos, hasta que las fauces de la bestia se apoderaron de su tobillo y al reinstalarse la energía eléctrica pudo ver de lo que se trataba. Martha yacía ahora a un lado de la cama, avergonzada de su instintiva reacción. El incidente no pasó a mayores para ella, pero a él le sangró copiosamente la herida.

Ahora, tirado sobre la cama, sólo con la ropa interior y el pie vendado, se dedicó a bendecir y maldecir. Agradecía el pretexto de la mordida para no tener que trabajar esa madrugada, mientras lamentaba la recién adquirida imposibilidad de disfrutar de un refrescante baño caliente. ¿Refrescante? Si hacía un calor infernal. Lo natural sería tomar una friega de agua fría, pero si tomaba un baño caliente, la temperatura interior de su cuerpo descendería, se nivelaría con la ambiental y se mantendría fresco; en cambio, con el agua fría se provocaría el fenómeno contrario. Dejó por la paz las especulaciones. Miró al animal echado sobre sus pantuflas, que lo miraba esperando el mínimo gesto de perdón para subirse a la cama, pero él no hizo ningún intento por mostrar su anuencia. No le guardaba rencor a Martha, pues después de todo él tuvo la culpa, ella sólo se defendió. La herida le punzaba por momentitos.

Empezó a dormitar mientras se dedicaba a repetir el ejercicio mental que venía practicando desde hacía un buen tiempo, por lo menos desde que se consiguió el trabajo de vigía del faro en las madrugadas, porque el dinero que ganaba en su trabajo oficinesco de las mañanas ya no le alcanzaba para pagar la hipoteca del caserón en el que actualmente sólo vivían Martha y él. Las contrariedades se iniciaron cuando buscó ese trabajo extra y evitar que se perdiera esa casa que tanto le gustaba a Elvira, su mujer. Pero, como sucede en estos casos, salió más caro el caldo que las albóndigas. Por abandonar el hogar a altas horas de la noche, descuidó sus deberes conyugales y Elvira emprendió el vuelo hacia otro nido, pues tal parece que así le dicen ahora a los departamentos de soltero. Total: ahora tiene dos trabajos, una casa demasiado grande para él y una sola perra. El ejercicio consistía en el torcido deporte de recordar la última vez que hizo el amor con Elvira antes de que lo abandonara, caricia a caricia, beso a beso. Sabía que no era muy sano, pero lo disfrutaba de todos modos. Así, todas las noches desde entonces hacía el amor con Elvira, aunque de repente se sorprendiera pensando que muy posiblemente ella se encontrara en esos precisos instantes haciéndolo realmente con otro hombre. Con esas ideas y esos recuerdos se quedó dormido como ya se había vuelto costumbre.

Se despertó sobresaltado. El aullido retumbaba en su cabeza. Por puro instinto, buscó a Martha y la encontró inmutable, dormida plácidamente a un lado de la cama. Quién sabe de dónde provenía entonces ese lamento que le taladraba los oídos, como si fuera emitido por una garganta infernal, entre humana y animal. Se dispuso a investigar. Buscó con los pies las pantuflas, pero se hallaban aprisionadas por Martha, que yacía sobre ellas.

Al sentir el peludo contacto con sus plantas, alejó los pies en un acto reflejo. No fuera a ser que la perra estuviera soñando con su pisada cola y lanzara una mordida al aire. Tocó el piso con el pie desnudo, fuera del tapete, y sintió la elevada temperatura. Pensó que se debería al inicio del verano, pero era demasiado calor para una zona tan templada como había sido siempre aquella. Se frotó los párpados para tratar de despertar por completo. Miró hacia la ventana. El cristal se iluminó de un color rojizo, brillante, cada vez más intenso al pasar de los instantes. Había presenciado amaneceres súbitos, pero aquello era demasiado. La habitación se iluminó por completo con esa intensa luz y la temperatura siguió ascendiendo. Observó el pálido resplandor del reloj sobre el buró: las tres y media de la madrugada. Se acercó a la ventana y sus pupilas recibieron el latigazo de la candente luz. El piso parecía arder. Quiso abrir la ventana, pero el seguro estaba tan caliente que se le quedó tatuado en la mano. Pero la ventana cedió al fin y pudo ver todo como realmente era. Un espectáculo indescriptible. Sintió las llamas muy cerca de su rostro, a pesar de que encontraban a metros de distancia. El crujido de las vigas al caer despertaron por fin a Martha, que se acurrucó a los pies de su amo, sofocada pero inexplicablemente serena, como si presintiera que no le pasaría nada si estaba de este lado de la ventana.

El crepitar de la madera consumida por el fuego le provocó una sensación suprema, que comparó con la de hacer el amor con Elvira, a la que tantas veces sintió arder en sus brazos y tantas veces le dijo que lo amaba y que siempre estarían juntos, pero ahora ella se había ido con otro y él estaba aquí, admirando cómo las llamas consumían una casa. De repente recordó el aullido que lo había despertado. ¿Quién o qué lo había emitido? No parecía haber signos de vida ni dentro ni fuera de la casa que ardía ante sus ojos.

De todos modos, agradeció que lo hubiera despertado, porque de otra forma no hubiera disfrutado de tan sublime panorama. Un momento: ¿Podía ser bello el incendio de una casa? ¿Se podía gozar con la desaparición de algo real y palpable? ¿La muerte es una obra de arte, la última, la única, la final obra de arte? Sólo se goza plenamente el arte si aquel que admira una obra se deslinda de cualquier interés preconcebido ajeno a la pura admiración de la belleza. Estaba gozando el incendio como si fuera una obra de arte. Y de repente sus pensamientos le parecieron monstruosos, horrendos, perversos, obscenos. Gozó la forma en que se habían consumido todas y cada una de las astillas de esa casa.

La luz desapareció tan súbitamente como había llegado. No le importaron ni la quemadura de la mano ni las ampollas en las plantas de los pies. Ni siquiera cerró la ventana. Se había introducido en un estado de excitación tal, que terminó exhausto, se dejó caer sobre la cama y se quedó profundamente dormido.

Al despertar, se sintió como si hubieran apaleado. Los pies como dos globos llenos de agua, de tan henchidas las ampollas. Se lastimó la quemadura de la mano cuando trató de asirse del buró para no caer al piso mientras buscaba las pantuflas. Tardó unos instantes en recordar lo sucedido. Miró la ventana abierta, cerró los ojos y pudo ver otra vez la intensa luz rojiza, sentir de nuevo el calor en su rostro. Se sentó sobre la cama, las sábanas empapadas de sudor. Las tocó y tocó su frente: frías. Se levantó estrepitosamente y miró hacia fuera. Todo seguía igual. La isla, gris y apagada, incomparable con la luz de esa noche, como había estado siempre, desde que compró ese caserón, alejado de la casa más cercana por diez kilómetros. Entonces escuchó claramente el tercer aullido, entre humano y animal, que emanaba de su propia garganta.

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