El Diablo de la Montaña

por | 30 Ene, 08 | Relatos | 0 Comentarios

Empezó a sonar el teléfono; un hombre de unos cuarenta años descolgó mientras su hijo de unos catorce años leía un libro grueso y viejo sentado en el sofá de la sala de estar. La verdad es que había conseguido aquel libro de una manera un tanto extraña...

Empezó a sonar el teléfono; un hombre de unos cuarenta años descolgó mientras su hijo de unos catorce años leía un libro grueso y viejo sentado en el sofá de la sala de estar. La verdad es que había conseguido aquel libro de una manera un tanto extraña.

Iba por la calle tranquilamente un chico de catorce años, el mismo que estará leyendo un libro horas después en su casa mientras su padre hable por teléfono. Pasó por un callejón que frecuentaba a menudo; pero ese día estaba cortado por derrumbamiento. Al querer disponerse para tomar otro atajo, tropezó con una gabardina y un sombrero enormes. El señor, que iba muy abrigado, no dijo nada y siguió caminando cuesta abajo. El chico, curioso, lo siguió sigilosamente.

El hombre, después de un rato, paró delante de la biblioteca pública, entró. El chico le imitó y, al abrir la puerta, la campanilla sonó. Después de eso, hubo un silencio permanente y absoluto. El bibliotecario leía sin inmutarse y decidió no molestarle. El joven miró por todas partes sin ver a aquel extraño. Así que decidió echar un vistazo. Pasó rápidamente por la sección de historia; luego por la de lenguaje; ciencias… ¡la biblioteca era enorme y no había rastro del hombre!

Recorrió lentamente el pasillo de religión, ya cansado de buscar, y se fijó en un libro viejo y grueso; todo lo contrario al resto. Lo cogió y buscó el título en las tapas, pero no lo tenía. El joven, extrañado, lo abrió y le echó un vistazo rápido.

Parecía tratar de seres mitológicos griegos, romanos, egipcios, paganos… Lo dejó otra vez en su sitio. Se disponía a marcharse cuando se giró, cogió el libro y lo guardó bajo la chaqueta.

Salió apresuradamente de la biblioteca, dejando al encargado tal y como estaba. Se alejó rumbo a casa.

El padre del chico colgó el teléfono del salón. Parecía triste, había cambiado de humor respecto a antes de responder al teléfono. Se encaminó a la cocina junto a su esposa, donde cerró la puerta.

El chico estaba totalmente intrigado y cerrado en su lectura; no veía ni oía nada más. En ese instante leía un informe sobre un diablo con cuerpo, parcialmente, humano:

“El Diablo del Monte o El Diablo de la Montaña vive en una isla desconocida; nació en el principio de los tiempos en el interior de un volcán. Al querer salir, creció y salió por el cráter o, al menos, en parte ya que sólo su cintura para arriba está en el exterior. El resto en el interior. De día permanece oculto completamente en el interior de la chimenea y, por la noche, sale para realizar rituales con espíritus muertos.

En el párrafo siguiente hay un informe de un explorador:
Me encuentro a unos metros del pie del volcán, detrás de unos árboles y al lado de la orilla de un caudaloso río. La noche se acerca y él aparece; erguido y resuelto observa su reino…

El diablo tiene treinta metros de altura y se dice que lleva los ojos vendados. Se le atribuyen poderes sobre la elección de la vida y la muerte.”

– Hijo, ven – llamaron los padres a su hijo.
– Voy. – contestó despertando del trance.

Dejó el libro abierto encima del sofá esperando volver a leerlo después de hablar con sus padres.

Entró en la cocina, su madre llorando sobre la encimera. Su padre estaba muy serio.

– ¿Qué sucede? – preguntó.
– Hijo, Gabriel… tu prima…Andrea…está muy enferma – dijo el padre finalmente – . Está en el hospital.
– ¿Pero… qué tiene?
– No lo saben, pero le dan un par de semanas – esta vez habló la madre.

El joven a punto de llorar, salió rápidamente de la cocina, cogió el libro de la sala y se encerró en su habitación. Dentro, tiró el libro a la cama; aún abierto por la misma página. Se tumbó en la cama y comenzó a llorar.

Pasaron horas; pero no quería salir de su cuarto. Se pasó toda la tarde mirando al techo sólo pensando en su prima.

Llegó un momento que, cansado de la misma postura, se giró y tropezó con el libro…Se quedó recordando lo último que leyó: “…se le atribuyen poderes sobre la elección de la vida y la muerte” ¿Y si fuera verdad? Imposible. O no. Al fin y al cabo había un informe, pero podría ser inventado.

Estuvo el resto de la tarde dándole vueltas al asunto, hasta que se sintió hambriento. Lentamente, bajó de la cama y se dirigió a la puerta. La abrió y se encaminó a la cocina. Allí sus padres cenaban silenciosamente.

Mientras comía, Gabriel pensó en la relación de amistad con su prima y en que había una posibilidad de salvarla. Justo antes de acabar, decidió ir al día siguiente a la biblioteca y encontrar a ese hombre. Seguro que podía ayudarle a encontrar esa isla.

A la mañana siguiente, se despertó muy temprano. Sus padres aún estaban durmiendo cuando se estaba duchando. Desayunó y se fue a al calle.

Fuera hacía mucho frío. A Gabriel se le había olvidado el abrigo, así que volvió a entrar en casa. Todavía había silencio. Abrió el armario de su habitación y cogió el abrigo. Al cerrar el armario, se fijó en el libro aún abierto. Se lo pensó dos veces y lo cogió.
Al llegar a al biblioteca, se encontró la puerta cerrada y, entonces, se dio cuenta de que faltaban quince minutos para que abrieran. Así que se vio obligado a entrar en la cafetería de enfrente a esperar.

Dentro hacía mucho calor. Gabriel se sentó en la barra y dejó el abrigo en el respaldo de la silla con el libro dentro. Pidió un vaso de leche y esperó.

Al rato, entró un hombre; en realidad era el bibliotecario que entró a desayunar. Se sentó al lado del chico que lo reconoció enseguida.

Gabriel esperó a que abriera pero, pero éste se tomaba su tiempo. Gabriel, cansado, se dispuso a coger el abrigo y a dejar el dinero cuando el hombre se fijó en el libro que sobresalía en su bolsillo.

– Un momento, joven – dijo. Cogió el libro – . Este libro no es tuyo, ¿verdad?
– No, señor – contestó impresionado Gabriel – . Es de la biblioteca.
– Tampoco – volvió a decir sonriendo – . Es de un amigo mío. Le gusta poner sus libros en la biblioteca en algún sitio en el que destaquen a ver si alguien los encuentra…
– Espere – dijo el muchacho – ¿Usted conoce a ese hombre con gabardina?
– Por supuesto – . Somos amigos desde…
– Entonces… – volvió a interrumpir – ¿Me puede decir dónde le puedo encontrar?
– ¡OH! Si, ¿por qué?
– Es para… devolverle el libro – mintió.
– Vale. Mira, vive al lado del puerto; en una casa…

Pero, cuando se dio cuenta, Gabriel estaba en la puerta.

“Andrea, ya voy”. Pensó mientras corría hacia el puerto.

Ya estaba en el puerto, cuando se dirigió al muelle. Allí, al lado había una casa no muy grande de color blanco.

Llamó a la puerta; nadie respondía. Volvió a llamar un par de veces más pero no sucedió nada. Impaciente, intentó volver a pegar a la puerta cuando la abrieron. En el umbral permanecía un hombre alto, más o menos viejo y con cara de sueño; éste dijo:

– ¿Sabes qué hora es?
– Lo siento mucho, señor – respondió – . Pero es que es urgente. Verá… – empezó a sacar el libro.
– Entra, muchacho – dijo el viejo al ver el ejemplar.

Éste entró y el amigo del bibliotecario cerró la puerta tras de sí.

– ¡Vaya! – Exclamó – Así que has encontrado mi libro. Supongo que Rafael, el bibliotecario, te dijo dónde vivía…
– Si, es que…
– Lo siento pero no puedo recompensarte; como ves, apenas tengo nada.
– No, verá…
– Pero te felicito por tu observación.
– ¡No! – gritó el chico harto, dejando el libro sobre la mesa de la habitación.
– ¿Qué te pasa? – preguntó asombrado el hombre.
– Necesito saber dónde se encuentra la isla del Diablo del Monte.
– ¡Ah! – exclamó asombrado – ¿Por qué quieres saber eso?

El muchacho le contó toda la historia a regañadientes, sabiendo que sino se lo decía no le ayudaría.

– Bueno, – empezó a decir el viejo – te lo contaré… pero debes decirme un par de cosas: ¿qué piensas hacer cuando estés allí? ¿Y si el demonio no existe? ¿Puedes confiar en mi?…
– Pues no lo había pensado…No sé…
– Entonces lo mejor que puedes hacer es pensarlo.
– Solamente no lo he pensado todavía – reconoció el adolescente – . No me ha dado tiempo.
– Está bien, pues cuando lo tengas y lo pienses… ya sabes dónde vivo.
– De acuerdo. – accedió decepcionado.

Volvió a casa despacio, eran casi las doce. De todas maneras no aligeró el paso. “¿Qué iba a hacer en la isla?” “¿Podría llevarme el amigo del bibliotecario hasta allí?”. Después se dio cuenta que se había dejado el libro en la casa del muelle.

El muchacho se encontraba al lado de su prima acostada en una camilla de hospital. Estaba dormida. Los dejaron solos. Gabriel le susurró algo al oído sabiendo que no lo escuchaba:

– Pienso salvarte – dijo decidido -. He conocido a un hombre en el puerto que sabe como salvarte. Esta tarde pienso visitarle. Sólo es cuestión de tiempo.
– Hijo nos vamos. – los padres acababan de entrar en el cuarto.
– Adiós. – dijo en voz alta esta vez.

Serían las cinco de la tarde más o menos cuando Gabriel dejo la casa. Habría salido antes sino se hubiera dormido; aunque era normal, no había pegado ojo en toda la noche.

Ya en el muelle, el chico comenzó a dudar sobre ese hombre. Apenas lo conocía. Pero… ¿Qué otra opción tenía? Ya delante de la puerta, llamó. Esta vez abrieron con más rapidez. Abrió, como no, el anciano con cara de sueño.

– Chico, ¿no sabes que a esta hora la gente se echa la siesta?
– Disculpe otra vez. Verá, no sé si se acuerda de mí…
– Claro que si. Entra. – dijo señalando el interior de la vivienda.
– Gracias.

La casa no había cambiado mucho en los últimos días. Era bastante sencilla, una mesa en el centro y una cocina americana en la esquina de la habitación principal que hacía también de vestíbulo. Al fondo había una puerta que, suponía, daba al dormitorio. El hogar del anciano estaba muy desordenado, índice de que vivía solo. Se sentaron en la mesa con dos chocolates calientes para combatir el invierno y se dispusieron a charlar:

– ¿Qué dices muchacho…? Un momento, no sé tu nombre y supongo que tú tampoco el mío. Me llamo Marcos, ¿y tú?
– Mi nombre es Gabriel, y lo he estado pensando y me gustaría que me dijera todo lo que sepa.
– Está bien – suspiró con alegría – . Desde joven me gustaba viajar por el mar, así que decidí ser marinero. Aquello no me termino de convencer; yo quería ser libre par navegar a mis anchas, para que te lo voy a negar. Después de dejar el puesto, recaude el suficiente dinero para comprarme mi propio yate. El yate, de todas maneras, lo compré a medias con Rafael, el bibliotecario; que sólo se lo compró por lo que había dentro.
– ¿Dentro? – pregunto Gabriel extrañado.
– Exacto. – contestó sonriendo el marinero – El antiguo dueño del barco murió, dejando como herencia el barco y todo lo de su interior a quien lo comprase.
– Sigo sin entender. ¿Por qué iba a querer el encargado de la biblioteca lo que había dentro?
– Espera, muchacho. No seas impaciente. El motivo es que había, y sigue habiendo, una gran biblioteca personal en una habitación, una fantástica colección. Compramos el barco y los libros de las estanterías son de uso de los dos. Más tarde a Rafael le nombraron bibliotecario y yo empecé a interesarme por poner libros del yate en la biblioteca pública.
– Si, eso me lo contó su amigo. Y, ¿eso que tiene que ver con el demonio?
– Los chicos de hoy en día no saben lo que es la paciencia. – sonrió el anciano –Más tarde me interesé por el contenido de ellos y soñé con investigar y vivir lo que ponían. Seguro que no has leído todo el contenido referido al diablo, ¿verdad?
– Ahora que lo pienso, no. – admitió el joven.
– Bien. El libro te da una aproximación de donde puede estar esa isla. Búscala en el ejemplar; está donde lo dejaste.

El chico cogió el libro y buscó el par de páginas dedicadas al ser. Después de las características físicas, lo último que había leído, venía un mapa pequeño. Una cruz marrón señalaba un islote cerca de la isla de Cabrera en el archipiélago Balear.

– Como Cabrera y todos sus islotes están declarados como Parques Naturales Terrestres y Marítimos, no pude investigar sobre ese volcán; que seguro que alguien más sabe de su existencia, como el explorador citado en el libro. – comentó el hombre señalando las hojas del libro.
– Entonces, ¿qué puedo hacer? – susurró desesperado el chico.
– Casualmente, tienes delante de ti a uno de los mejores marineros del país y, además, conduzco de maravilla cualquier barco. Y, ¿por qué no? Me encantaría ayudarte. Pero, una cosa más: ¿saben tus padres algo de esto?

¡Sus padres! Esta situación nunca la había imaginado y seguro que si les decía algo no le iban a dejar. Tendría que escaparse.

– Si. – Mintió – Están de acuerdo. Les hablé de usted y les pareció bien desconectarme de este ambiente. Además a mis padres les encanta, como a usted, el mar.
– Entonces, estamos de acuerdo. Pásate mañana por aquí que concertaremos los últimos detalles.
– Está bien. Hasta mañana.

Por fin lo iba a conseguir. Dentro de poco iba a estar en el islote. Pero, aún no sabía si ese diablo existía.

Se despertó al escuchar el sonido del agua en la ducha. Gabriel buscó su reloj; marcaba las ocho y cuarto de la mañana. Se levantó silenciosamente. Cuando entró al baño de puntillas, identificó las zapatillas de su madre al lado de la ducha. Ella no le vio a causa de la cortina. El joven volvió a su dormitorio pensativo. ¿Por qué iba su madre a despertarse a aquella hora un sábado en Navidad? De repente se escuchó el descorrer de la cortina. Su madre salió en albornoz, se cambió rápido, dejó una nota en la cocina y se marchó. Mientras ocurría todo eso, Gabriel se estaba haciendo el dormido. Luego se levantó a leer la nota, en ella ponía esto:

“Querida familia, he salido hoy más temprano para comprar unas cosas que hacen falta y acompañar a mi hermana a ver a Andrea en el hospital. Estaré allí sobre la hora de comer. Besos, mamá.”

“Pobre, Andrea” pensó Gabriel. Miró el calendario; las dos semanas se le habían pasado muy rápido. Sólo quedaban cuatro días.

Ayer ya había quedado con Marcos que pasado mañana saldrían del Puerto de Alicante muy temprano para no perder más tiempo y, que, ya se las arreglarían para acceder a la isla.

Sacó su maleta del altillo y se dispuso a sacar ropa del armario y guardarla en ella. Acabó a las doce, justo cuando se oyeron ruidos en la habitación de su padre. Guardó la maleta bajo la cama y se fue rápidamente a la cocina a prepararse el desayuno. Al rato, apareció el padre.

– ¿A qué hora te has levantado? – preguntó.
– Hace un momento. – creyó conveniente decir el chico – Por cierto, mamá ha dejado esta nota. – dijo, dándosela al padre.
– Está bien. – comentó después de leerla. – ¿Tienes pensado hacer algo mientras tanto?
– De momento, desayunar. – bromeó Gabriel – ¿Te preparo algo?
– No, gracias. No tengo hambre. – y se fue de nuevo a su habitación.

Más tarde, Gabriel se vistió y se marchó a dar un paseo. El sol calentaba bastante y había mucha gente en la calle. Comenzó a darle vueltas al asunto de nuevo; seguro que sus padres se preocuparán mucho, pero si se lo decía, no podría intentar salvar a su prima. Estuvo toda la mañana buscando una solución, pero no la encontró. Cansado, se sentó en un columpio de un parque. Más tarde, su madre lo despertó; lo había encontrado dormido en el columpio de vuelta a casa. Ya, cuando los dos se dirigían a almorzar ala casa, su madre le dijo en el portal:

– Acaso no has dormido hoy.
– No, si… lo que pasa es que me cansé de andar y se estaba muy bien en el parque. – volvió a mentir.

Después de comer, se echo la siesta. No se despertó hasta las nueve. Cenó, vio un poco la tele y se fue a la cama sobre las diez. Parecía que los nervios del viaje del día siguiente le producían sueño; o tal vez quería estar descansado para levantarse mañana a las seis; ya que a las siete había quedado con Marcos en la cafetería enfrente de la biblioteca.

Volvió a mirar el reloj. Ya eran las siete y media y Marcos no había llegado. Tomó un sorbo del vaso de leche. A su izquierda, en el suelo, se hallaba la maleta.

Sus padres trabajaban ese día, así que no supuso ningún esfuerzo el poder salir de casa.

Estaba muy nervioso; y cada vez que lo pensaba le daba un cosquilleo en el estómago. De repente se abrió la puerta del bar. Marcos y Rafael entraron un poco exhaustos:

– Siento haberte hecho esperar, Gabriel. – se disculpó el ex-marinero – Es que tuve que recoger a Rafael, que no tienes idea de dónde vive.
– Pero si has sido tú el que has llegado tarde. – se quejó el encargado de la biblioteca – Hola, muchacho. Parece que conociste a Marcos. Me ha dicho que os vais a pasar unos días en alta mar, ¿eh?

Gabriel miró al anciano. Éste la guiño un ojo. Por lo visto no le había dicho nada a su amigo. El adolescente asintió con la cabeza.

– Bueno. Nos vamos a ir yendo, ¿no? – insistió Marcos.
– Si. Se nos va a hacer tarde. – coincidió el chico.
– Vale. Ya nos veremos. Cuidaos. – se despidió Rafael.
– Está bien, amigo. – sonrió su colega.

Volvieron a la casa de Marcos. Gabriel no sabía porqué. El anciano le invitó a entrar. Estaban muy callados. El marinero abrió la puerta que Gabriel creía su habitación. Detrás se veía un pasillo. A la derecha, una habitación sin puerta hacía ver la cama del verdadero dormitorio del hombre. Al fondo del pasadizo se hallaban unas escaleras que se adentraban en el interior de la tierra; como la entrada a un metro. Bajaron por ahí. La bajada se le hizo eterna a Gabriel, pero cuando llegaron, pudo ver un muelle subterráneo donde descansaba el barco de los amigos. El chico miró a su acompañante; éste sonreía.

El yate era enorme. La habitación de Gabriel era contigua a la biblioteca. Cuando se instaló, salió corriendo para ver la inmensa colección. Era mejor de lo que esperaba. Pasó horas ojeándolos incansablemente. Al rato, apareció Marcos. Éste saludó al muchacho, que seguía enfrascado en su lectura, y dejó el libro del diablo en un hueco entre dos de ellos. Luego se dirigió al chico y le dijo:

– Estaremos en las Baleares en tres días. Aprovecha el transcurso del viaje para descansar y despejarte. Quién sabe lo que nos aguarda.
– Está bien. Dormiré un poco después de acabar con este libro.
– A las tres estará el almuerzo. La cena la haces tú.
– De acuerdo. – contestó emocionado el chico por comenzar su aventura.

De esa manera se sucedieron los días siguientes. A veces encontraba libros en la biblioteca que se creían desaparecidos; otras veces podía acompañar a Marcos a la cabina del timón. Nunca se toparon con ninguna tormenta. Lo estaba pasando bastante bien.

Era ya la mañana del tercer día. Marcos seguía manejando el timón, y Gabriel estaba preparando el desayuno. Cuando terminó de comer, se dirigió a la cabina ya que el marinero no se había presentado.

Al entrar vio en medio del mar, a través del cristal, el ya famoso islote. Se encontraba a pocos kilómetros. Por fin; aquella noche saldría a investigar y a conocer al demonio.

Los dos comieron muy silenciosos. De repente, el marinero rompió el incómodo silencio:

– Me he fijado en una cueva submarina en un rincón de la isla. Seguro que se puede acceder fácilmente por ahí. ¿Serás capaz?
– Claro. – contestó el muchacho.
– A las ocho nos acercaremos al islote para que puedas pasar por la caverna.
– Un momento. – interrumpió Gabriel – ¿Tú no vienes?
– Lo siento, chico. Alguien debe quedarse; por lo que pueda pasar.
– Está bien. – accedió a regañadientes.

Después de comer, se echaron la siesta para estar bien despejados para la, seguramente, larga noche. Aún así, Gabriel no pudo. Sí era verdad que el diablo existía, no sería tan fácil convencerle de que salvara a Andrea.

El sol ya se estaba poniendo. Hacía una gran noche y el cielo estaba despejado, salvo encima de la montaña que se divisaba a lo lejos en el centro de la isla.

Marcos llamó a la puerta de la habitación del adolescente. Luego abrió. El chico se levanto dispuesto a atravesar la isla para llegar al volcán.

El yate estaba justamente situado al lado de la caverna que le mencionó horas antes el marinero. Parecía muy fácil entrar en ella. Se despidió del hombre y entró en la cueva.

Dentro apenas se veía, así que sacó una linterna de su mochila. Comenzó a caminar. Llevaba ya mucho tiempo andando cuando se encontró con dos galerías. ¿Cuál escoger? Lo pensó largo tiempo, hasta que se decidió por la de la derecha donde había menos humedad. Ese camino le llevó, por fin, al aire libre.

Fuera hacía menos calor. Gabriel se quitó la chaqueta y se la ató a la cintura. Cogió la linterna y se dispuso a ir al centro de la isla. Mirando el mapa que arrancó del libro, en poco tiempo estaría allí.

Ya se encontraba a unos metros del pie del volcán, escondido tras unos arbustos. A su lado corría un pequeño riachuelo. El sol estaba apunto de desaparecer. A lo lejos se escuchaba el ruido del mar chocando con las escarpadas rocas de la caverna.

Cuando el último rayo de sol desapareció, se hizo un silencio incómodo; y, de repente, comenzó a escucharse un ruido brusco. Del cráter del volcán caían piedras; y, de los árboles, ramas y hojas. Gabriel sintió mucho miedo; cayó al suelo al perder el equilibrio y entonces… El tronco de un ser gigante con alas de murciélago desplegadas salió por la cima del volcán desvaneciéndose todas las nubes encima de él.

Aquel abominable monstruo no tenía comparación a cualquiera imaginado. Su cuerpo, de negro azabache, desprendía un hedor espeluznante. Gabriel no se creía nada de lo que ocurría; el Diablo de la Montaña comenzó a hacer unos juegos de manos. Esta especie de ritual convocó a unas luces venidas de todas direcciones. Eran los espíritus de los caídos. Empezaron a dar vueltas alrededor de su amo, mientras éste los dirigía con sus manos y alas. El espectáculo era muy serio y aterrador. Las caras de los fantasmas mostraban tristeza y añoranza.

Gabriel pudo levantarse. Se acordaba de su prima y, ahora que veía al demonio con sus propios ojos, tenía más ganas de ayudarla. En ese momento no le importaba nada más. Se acercó despacio al pie de la montaña. El demonio lo vio al instante pues no tenía los ojos vendados como decía el libro.

Gritó una palabra, que no pudo entender, con una voz seria y muy profunda. Los espíritus pararon al instante y se desvanecieron. El Diablo del Monte se dirigió al muchacho con cara de enfado. Gabriel estaba apunto de caerse, pero aguantó. El diablo lo observó desde su especie de trono y dijo:

– Sólo una persona antes que tú me ha visitado antes. De eso hace mucho tiempo. – la voz del diablo parecía mucho más profunda cuando hablaba.
– Eh… yo… verá, señor… – comenzó a decir.
– Aquí no tienes que hablar con finezas muchacho. Habla; ¿qué te ha traído aquí?
– Pues… – dijo un poco más confiado – Me he enterado de que puedes elegir sobre la muerte y la vida…
– La vida es muy peligrosa, no por las cosas que hacen mal,
sino por las personas que se sientan a ver lo que pasa. – interrumpió el diablo.
– No le he entendido. – dijo el chico sin perder la educación.
– Has oído bien. Puedo elegir y cambiar el transcurso de lo más preciado que tiene el hombre.
– Entonces… puedes salvar a mi prima. Verá es que…
– Está muy enferma y le daban dos semanas de vida que acaban esta noche. – adivinó el monstruo bruscamente. – Los fallos de los cocineros se tapan con las salsas, los de los arquitectos con flores y los del médico con tierra… – susurró como si hablara consigo mismo.
– Exacto, verá ¿podría ayudarme?
– ¿Crees que soy un genio de alguna lámpara? – gritó con brusquedad.- Esta noche deben morir un número determinado de personas y no hay excepción.
– Lo siento, pero es que estoy desesperado…
– Pedir perdón es de hombres inteligentes. Perdonar es de sabios.- volvió a interrumpir el demonio. Parecía que no quería escuchar.
– Es que yo la quiero como si fuera mi hermana…
– El corazón tiene razones que la razón no entiende. – comenzó a sacar de quicio a Gabriel.
– Está bien. Veo que no puedo convencerle. ¿Hay alguna cosa que pueda hacer?
– Sólo una. Y no la aceptarías. – habló seriamente el diablo.
– ¿Cuál? Haré lo que esté a mi alcance.
– De acuerdo. Ésta: deberás morir por ella para ocupar su puesto.

Hubo un silencio aún más incómodo que el anterior. No duró mucho.

– Acepto. – dijo aún más serio Gabriel.
– ¿Estás seguro de lo que dices? – preguntó asombrado el otro.
– Segurísimo.
– Cuando la necesidad nos arranca palabras sinceras,
cae la máscara y aparece el hombre. – dijo en trance el demonio.

Desde el barco, Marcos vio una luz cegadora y oyó una música tétrica procedente del centro de la isla. Tomó el timón y se alejo del islote, llorando.

En la isla se escucharon estas palabras con una voz profunda antes de que saliera el sol: “La muerte está tan segura de ganarnos que nos da toda una vida de ventaja”.

En uno de los mejores hospitales de Alicante, dos doctores hablaban muy alegremente. Uno de sus pacientes había sobrevivido a una enfermedad desconocida que le iba a matar en pocas horas; un milagro. Era una chica de catorce años llamada Andrea.

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