Cuenta la leyenda que Cortés se dirigía a su expedición hacia Honduras, al pasar por las márgenes del lago de Petén Itzá se vio obligado a dejar a su corcel en manos de los Itza’es del Señorío del Rey Caneck debido a que se encontraba muy cansado y agotado
Se dice que Hernán Cortés era cruel y despiadado así que por temor decidieron sustituir al animal de carne y hueso por uno de piedra. Con el paso del tiempo, el conquistador nunca regresó por su apreciado caballo pero la estatua la dejaron situada en el mismo lugar, ya que los indígenas creían que Cortés regresaría.

La estatua del caballo recibió homenajes y ofrendas como si fuese una divinidad. Cuando los españoles llegaron a cristianizar a los pobladores se dieron cuenta del culto que rendían hacia la estatua y de inmediato ordenaron que fuera lanzada al lago para destruirla. Se rumora que el caballo de piedra se puede ver bajo las aguas cristalinas del lago mediante el resplandor que se aprecia solamente cuando hay luna llena.

Hay otra versión en la cual se narra que los Itza’es querían trasladar la estatua del hermoso corcel de la punta del Nij Tum cerca de San Andrés hacia la Isla de Flores mediante una balsa, la cual dio vuelta provocando que el caballo de piedra cayera al agua y quedara parado en el fondo del lago. Los lancheros de San Benito cuentan que no solo se escucha los relinchos del caballo, también se oyen sus pasos en el fondo del lago pero esto sucede únicamente en las noches del Día de San Juan. En la aldea El Remate dicen que a la isla se le denominó el nombre de Flores debido a que al caballo le daban flores.




